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Una noche de desesperaci贸n en el Madison Square Garden arruina el cuento de hadas de los Knicks. Ahora, empieza el desaf铆o

Si uno escucha a los Knicks, la desesperaci贸n es una de las mejores cosas que puede tener un equipo.

鈥淭enemos que seguir jugando con desesperaci贸n y ser el equipo m谩s desesperado鈥, dijo Mikal Bridges un d铆a antes de que las Finales de la NBA regresaran a Nueva York por primera vez desde 1999.

Ese fue el mensaje que les transmiti贸 a sus compa帽eros, marcado por la experiencia de haber formado parte de unos Phoenix Suns que tomaron ventaja de 2-0 en las Finales hace cinco a帽os antes de perder cuatro partidos consecutivos. Una historia aleccionadora sobre lo que puede ocurrir cuando un equipo confiado pierde el sentido de urgencia que exige una situaci贸n de vida o muerte deportiva.

Al d铆a siguiente, Mike Brown, el entrenador en jefe en su primera temporada al frente de un grupo muy unido que se hab铆a quedado corto y al que logr贸 llevar al menos un paso m谩s all谩, dijo que el objetivo era 鈥渋gualar o superar鈥 el 鈥渘ivel de desesperaci贸n鈥 con el que esperaba que los Spurs jugaran el tercer partido de la serie.

Brown ya hab铆a utilizado ese mismo t茅rmino hace un par de semanas: desesperaci贸n.

Lo dicen como un contrapeso a la posible complacencia que puede aparecer cuando ha pasado casi un mes y medio desde la 煤ltima derrota. Es una especie de mentalidad de 鈥渕antener el hambre鈥. Otra forma de decir 鈥渦rgencia鈥.

Pero mientras que la urgencia evoca profesionalismo y precisi贸n, la desesperaci贸n es algo mucho m谩s visceral. La urgencia es algo que se tiene; la desesperaci贸n es algo que se siente pese a uno mismo.

Es como se han sentido los aficionados de los Knicks durante d茅cadas: desesperados, casi sin remedio, por algo mejor. Y ahora que por fin lo tienen, es dif铆cil describir la intensa esperanza que sienten de otra manera.

Los deportes vuelven a las personas un poco pat茅ticas. Y eso es precisamente parte de su encanto.

Adultos que se postran 鈥攅mocional y literalmente鈥 para rendir culto a una organizaci贸n unida por poco m谩s que unos uniformes y un conjunto de leyendas compartidas. Los aficionados llevan el nombre de sus jugadores favoritos, les ruegan por un aut贸grafo y gastan cantidades absurdas de dinero solo para estar cerca de ellos. Es como un gran enamoramiento colectivo.

La forma en que se manifiesta puede madurar 鈥攐 al menos cambiar con la edad鈥, pero las emociones son parecidas a las de la infancia. Es el mismo asombro de ojos bien abiertos, la misma sensaci贸n de peque帽ez asumida sin verg眉enza, la misma disposici贸n a dejarse arrastrar por algo capaz de hacerte llorar precisamente porque puede hacerlo.

Hay algo humilde, humillante y profundamente humano en desear algo con la intensidad que despiertan los deportes.

No exist铆a ning煤n escenario en el que el tercer partido fuera realmente un encuentro de 鈥済anar o morir鈥 para los Knicks. La historia ya estaba de su lado.

Ganar los dos primeros partidos como visitantes les hab铆a abierto un camino c贸modo hacia el t铆tulo. Mucho del an谩lisis deportivo suele exagerar la importancia de los encuentros, calific谩ndolos de imprescindibles antes de que la temporada est茅 realmente en juego.

Pero este partido 鈥攅ste partido que reuni贸 a un presidente combativo, a un alcalde socialista democr谩tico, a m谩s celebridades que un estreno de cine, a medios nacionales y a antiguos neoyorquinos repartidos por todo el mundo鈥 daba la sensaci贸n de que los Knicks ten铆an que ganarlo, de la misma manera en que un bal贸n lanzado hacia arriba en una par谩bola tiene que atravesar el aro cuando la escena entra en c谩mara lenta en la versi贸n cinematogr谩fica del momento.

Es decir, parec铆a que iban a ganar.

Porque, 驴qu茅 otra historia pod铆a contarse sobre una afici贸n sufrida que lleva m谩s de 50 a帽os esperando un campeonato, sino un cuento de hadas con final feliz?

Los aficionados de los Spurs dir谩n que su equipo es el del futuro. Entonces, 驴qu茅 pueden saber ellos sobre la desesperaci贸n? 驴Y qu茅 puede saber sobre la desesperaci贸n un jugador de 22 a帽os que termin贸 entre los tres m谩s votados para el premio al jugador m谩s valioso?

Antes de la noche del lunes, los Knicks parec铆an un sue帽o febril avanzando hacia el destino.

Eran una de las razones por las que Nueva York se sent铆a como verano tanto como cualquier d铆a soleado. Eran un s铆mbolo del excepcionalismo urbano y de la diversidad cultural de la ciudad.

Protagonizaban una racha hist贸rica que parec铆a encaminada a una barrida impecable y a asegurar el campeonato en casa. Daba la impresi贸n de que caminaban sobre brasas: invencibles mientras no aflojaran ni miraran hacia abajo.

Parec铆a que se hab铆an olvidado de c贸mo perder.

Entonces llegaron los Spurs y Victor Wembanyama 鈥攜, seg煤n el p煤blico claramente parcial del Madison Square Garden, tambi茅n los 谩rbitros鈥 para record谩rselo.

Los Knicks perdieron 115-111.

Por momentos parecieron el peor equipo en la cancha: p茅rdidas de bal贸n, un jugador reteniendo demasiado tiempo la posesi贸n y demasiadas faltas. Y aun as铆, mientras el 煤ltimo minuto se consum铆a, daba la sensaci贸n de que podr铆an imponerse de todas formas, con otra remontada milagrosa que habr铆a hecho parecer casi inevitable una victoria el mi茅rcoles.

En lugar de eso, tendr谩n una serie de verdad.

Una serie que volver谩 a San Antonio al menos para un quinto partido, junto con el recordatorio de que las narrativas no ganan partidos de baloncesto.

La euforia inflada como un globo de helio ante la posibilidad de atravesar invictos las tres 煤ltimas rondas de los playoffs se ha pinchado. Y, ahora, se ha ido para siempre.

No s茅 si necesitan sentirse m谩s desesperados para volver a ganar.

Pero creo que as铆 ser谩.

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